El desierto, el oasis; y el olivar (2ª parte)

A principios del siglo XX, la creciente industria creada en torna a las ciudades y el aumento de los bines de consumo en estas, causó un éxodo de aldeanos. Algunas tierras difíciles y aldeas con pocos recursos fueron totalmente despobladas. Casi un siglo después, algunos valientes regresaron para reconstruir las viejas casas.

Esto fue lo que ocurrió en Los Molinos de Río Aguas, en la provincia de Almería, un pueblo duro, de contrastes, envuelto en una energía cariñosa a la vez que contundente. No es un lugar para dejarse caer como si tal cosa. No es hostil, pero tampoco acogedor. Sus moradores colaboran entre sí, pero no existe una comunidad activa que integre toda la aldea. Resulta un sitio difícil y duro al principio pero que, según dicen, te atrapa con el tiempo.

Algunos sencillamente viven sus vidas respetando y disfrutando este auténtico oasis. Otros, no obstante, promueven interesantes proyectos de permacultura, y desarrollo sostenible, tales como “Sunseed” o “La Pita-Escuela”. Lugares donde se trabaja, estudia y desarrollan actividades alternativas, huertos ecológicos, artesanía con los materiales del desierto como la pita (Agave Americana). Si os interesa, podeis visitar sus webs: http://pitaescuela.org/es/ y http://www.sunseed.org.uk/es

Mi visita al pequeño pueblo fue un extraño y agradable encuentro con el pasado y con mis propias raíces. Quemando karma, como de dijeron. Disfruté del entorno y de sus pozas de aguas frías y limpias en mitad del desierto.

Aguas que alimentan la vida de la aldea.

Aguas que se encuentran en peligro.

Otro proyecto en construcción en mitad del desierto me acogió después. Desde aquí, escondido al pie de las montañas, bajo el pueblo de Turrillas, observo cada día la sobrecogedora inmensidad de la planicie, la paz, la calma, la belleza natural… pero también la insensatez.

La tierra amarilla se extiende hasta las rojizas cumbres. El humano ha añadido puntitos de gris metálico, blanco plástico y negro asfáltico. Y también ha conseguido añadir el verde. Pero no este un verde vivo, sino un verde grisáceo, propio del olivo, claro; pero que aquí adquiere un tono más metálico. No puede uno evitar sobrecogerse ante este ceniciento bosque que se extiende hasta donde la vista alcanza.  La capacidad del ser humano para explotar y doblegar a la naturaleza nunca dejara de asombrarme, y de preocuparme.

Panoramica_1

No es la primera vez que se plantan olivos en el desierto, la rotundidad de este árbol lo convierte en compañero indispensable para los climas áridos, soportará los sofocos veraniegos, los hielos invernales, los fuertes vientos no lograrán desarraigarlo y aprovechará la escasa y torrencial lluvia para darnos las preciosas aceitunas

Siempre se ha cultivado en las tierras más difíciles y, en efecto, el sur de España es el gran bastión del olivar. ¿Por qué no aquí? ¿Por qué no en el desierto? Esta claro, por el agua. Porque, aunque poca, el olivo también necesita agua.

Este inconveniente no importó para que hace varios años un grupo de empresas capitalistas y especuladoras plantaran en el Campo de Tabernas el conocido como “Olivar del Desierto”. Un monumento más en honor a la 6ª extinción.

Entre mis datos cuento con un listado de empresas, familias y caciques; grandes fortunas de España y Andalucía, algunas más conocidas que otras. Como me enseñaron de niño, hablaré del pecado sin nombrar al pecador.

 

5.501 Ha de olivo de regadío intensivo en 2015, puede que a día de hoy la cifra esté aún más cerca de 6.000 Ha. Con 1.800 olivos por Ha nos da un resultado cercano a los 10 millones de olivos, 2 por cada hogar español, solo en esta plantación.

¿He dicho intensivo? Perdón. El olivar intensivo se planta con a un marco de 6×6 o 6×3 metros o una densidad de unas 600 plantas por Ha. Su vida útil se estima en unos 40 años. No, el termino concreto es “Superintensivo”. Las plantas se colocan en seto, en hileras con calles no mayores a 4m, pudiéndose lograr una densidad de hasta 2000 árboles por Ha. En ambos sistemas todas las labores están completamente mecanizadas, solo que, en este último, la vida útil (en términos económicos) de la planta es tan solo de 12 a 14 años.

Pero ¿Cómo es posible producir en tan poca superficie? Obviamente, con mucho agua (sin mencionar el uso de fertilizantes, plaguicidas, etc.) ¿agua en el desierto? Claro, bajo él. No existe una cifra exacta de pozos, según cuentan muchos ya existían antes: pero lo que sí es conocido son las concesiones de agua de que este olivar dispone, que están entre los 18 y los 40 Hm3. Las explotaciones consumen unos 4.000 – 5.000 m3 / Ha / año, por lo que serían de 22 a 27 Hm3 anuales, solo para usos agrícolas, a los que hay que añadir 1 Hm3 más para usos urbanos.

 

 

¡Claro que hay agua en el desierto, que es eso de la cantimplora, solo hace falta una buena prospección! Esta agua que se están explotando sin control son aguas geológicas acumuladas durante miles de años y que con su lento movimiento formaron las cuevas y paisajes kársticos de Sorbas, de los que hablé en la primera parte de esta entrada: El desierto, el oasis; y el olivar (1ª parte). Además, esta inmensa depresión que se extiende entre Sierra Alhamilla y Sierra de los Filabres recogen las aguas que abastecen el ya mencionado Río Aguas (sí, ese manantial del que ya os hablé). Las aguas de este acuífero abastecen pueblos como Tabernas y Sorbas entre otros.

En los últimos años, el manantial del que surge el río, uno de los más importantes de Almería, el único que mana en la región Campo de Tabernas y que con sus aguas mantiene viva a creciente aldea de Los Molinos de Río Aguas y sus nuevos pobladores; ha pasado de tener un caudal de 70 litros/segundo a tan solo 3 litros/segundo.

 

Otro claro ejemplo de cómo la avaricia de uno pocos es capaz de destruir tanto, de poner en peligro la vida de un ecosistema y de influir de un modo tan negativo en la vida de cientos o miles de personas. Eso sin tener en cuenta a las generaciones futuras.

Solo si despertamos nuestra conciencia y actuamos en consecuencia a lo que esta nos mundo. Este humilde permacultor sabe que no le merece la pena comprar este aceite que, a parte de malo, resulta mucho más caro de lo que muestra su etiqueta.

Pues el precio real de este aceite no tiene cifras, este precio se mide en tierra perdiendo fertilidad natural, aguas milenarias malgastadas, energía desaprovechada, más contaminación, menos trabajo, más desigualdad y, cada día, menos futuro.

Un soplido más para hinchar la burbuja del capitalismo. Una burbuja que todos, y los capitalistas más que nadie, sabemos que tarde o temprano explotará. Tal vez entonces sea ya demasiado tarde, puede que ya no podamos recuperar lo que hemos perdido. Y lo peor que hemos perdido son lo conocimientos y valores de antaño, en donde se amaban las personas y no las cosas que tenían.

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Tengan cuidado la próxima vez que tomen una tostado de pan con aceite, sean conscientes, no les vaya a sentar mal.

 

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