Hacía ya tiempo que las señales me lo decían: «Permacultor, encamínate al desierto». ¿Por qué? ¿Que impulso conduce al ser humano a querer llegar siempre más lejos? Imagino que es como el crecer, esta implícito en la condición misma de la vida. Aún habiendo crecido en La Mancha y conocido recientemente la árida Murcia, mi espíritu aventurero me pedía llegar más lejos, hasta el desierto de Almería. El único desierto reconocido como tal de España, famoso por los «spaguetti western» de Sergio Leone. Así pues, me despedí del mediterráneo en Mojacar y me adentre de nuevo en el continente.
Aquella mañana el autobús me dejó temprano en el pueblo de Sorbas. Mi destino primero pretendía ser la repoblada aldea de «Los Molinos de Río Aguas». No me gusta hacer esto, pero pase por la oficina de información y me dijeron que el camino más corto era el lecho seco del río; que, no obstante, podría estar algo embarrado tras las lluvias caídas las anteriores noches. A veces pienso que cuando la gente ve a un mochilero quieren… como que ponerlo a prueba. Yo no iba a ser menos, así que salí de la carretera y me tiré por la rambla.
Cierto es que había llovido, pero el barro no fue un problema. Paso a paso, metro a metro, kilómetro a kilómetro, el suelo de cantos rodados se extendía bajo mis pies. Y el sol, minuto a minuto, se alzaba sobre mi cabeza. Me concentre en hacer todas aquellas chorradas que había visto en las películas: Tener la boca cerrada ayuda a mantener la humedad dentro del cuerpo. Mantener la concentración, levantar la cabeza o encaramarse a un lugar elevado cada poco para visualizar el camino correcto, con calma, sabiendo que cada paso que das es el paso correcto, sin miedo, con confianza.
Ya me pregunté cientos de veces y en cientos de situaciones ¿que coño estás haciendo aquí? Y en aquel lecho seco, con una mochila de 15 Kg. a la espalda en la que llevaba toda mi vida, un pedazo de pan, dos trozos de chocolate y un litro y medio de agua; la respuesta seguía siendo simple: estas donde debes estar… y en el memento preciso.
¿Por qué? Pues tal vez para poder escribir estas líneas a así proclamar al mundo entero que, antes de «Los Molinos» el Rio Aguas no le hace ningún honor a su nombre. ¡Qué irónico le jodido río!
El paisaje fue volviéndose más espectacular. La poca, pero torrencial agua que cae por estas tierras disuelve y arrastra el mineral de yeso que se extiende por las miles de vetas que surcan el paisaje y su subsuelo, creando en la superficie un entorno único: el Karst en Yesos de Sorbas; y bajo la superficie, miles de kilómetro de galerías y de cuevas por descubrir.
El lecho seco se extendía entre áridas colinas y vaguadas cuando, por fin, tras un recodo, el verdor apareció en el desierto, con notas más intensas que las claras retamas y los pardos tarays. Un enorme cañaveral se abrió ante mis ojos y… si, el sonido del agua fluyendo. Por fin mi boca se abrió para dibujar una sonrisa.
Pero no fue fácil alcanzar el líquido elemento. Dos ciclópeas rocas bloqueaban la garganta y tan solo una minúscula brecha y dos metros de descenso por el cortante yeso me separaban del manantial. No podía descender la pared de roca cargado con la pesado mochila, así que la dejé caer desde lo alto. Después pude bajar más fácilmente.
¡Que rincón tan mágico!
Un potente chorro de agua caía desde el interior de la roca formando una pequeña balsa de frías y cristalinas aguas bajo las miles de pulido mineral de yeso. Para alguien a quien la mezcla de agua y yeso siempre se sugerirá un cuezo lleno de masa que estampara contra la desnuda pared de ladrillos; aquella natural y al tiempo extraordinaria combinación de elementos por parte de la madre tierra fue sencillamente mágica. Mereció el sudor de la mañana.
En aquel memento, mi espíritu no podía necesitar nada mejor.
Una tortuga saltó al agua al acercarme y permaneció en el fondo observándome. Me acerqué despacio, hasta donde ella me permitió. antes de nadar para refugiarse. Me desnudé, y compartí el baño con ella. El agua estaba helada. Bebí de ella y me refresqué hasta reponerme. Tras un largo rato regalándome con este momento, me sentí listo para continuar. Ya debía de estar llegando al pueblo.
Pero, pasados unos momentos, la congoja se apoderó de mí. Fuera cual fuese el sendero por el que tratara de continuar, una impenetrable maraña de cañas se alzaba ante mí. Desanimado, resolví que el único camino posible era dar media vuelta. ¡Pero como! Sí había sido difícil descender el muro, incluso sin la mochila ¿como retornar? Me pertreché con todo y decidí intentarlo. Imposible. Era demasiado peligroso, una caída me dejaría malherido. Miré el teléfono: solo una rayita de batería. Lo apague.

Bien, no podía dejar que el temor me dominara. Rápidamente tracé un plan A y un plan B. Una roca se elevaba metro y medio hacia el nivel superior. Me subí a ella y me quité la mochila. Con toda la fuerza que fui capaz de reunir probé a lanzarla hacia la parte de arriba. Una vez. dos… imposible. Una y otra vez la mochila resbalaba por los cristales de yeso. Mi precaria postura además, me hacía peligrar ante una posible caída; los músculos de mis brazos comenzaron a temblar por la tensión y el sobresfuerzo.
No. Tenía que conservar la energía. Plan B: me quite el sombrero y lo lancé a la parte de arriba. Allí se quedó. Habría que jugarse el todo por el todo. Abrí la mochila y comencé a sacar y lanzar para arriba todo cuanto en ella había: las cantimploras, las botas, la esterilla, la mochila… todo. Con tan solo el móvil en el bolsillo ascendí el pequeño muro sin demasiadas complicaciones. Una vez arriba, recogí todo de nuevo, me preparé, y desandé mis pasos.
Volví al lecho seco del río. Y entré en modo indio.
El modo indio es un estado extraordinario para dominar la mente y la conciencia en situaciones extremas. Entonces vi un árbol, un algarrobo. «Árbol» pensé, «árbol sabe», y me fui para el árbol. Apoyé la mochila, me serene y recogí unos puñados de algarrobas: «buena energía» pensé. Entonces ví un sendero que ascendía. Existían dos posibilidades: Norte o Sur, en cualquier caso debía de bordear las montañas para llegar al pueblo. La poción sur me acercaba a la carretera, seguro. Pero el pueblo no debía de quedar tan lejos; tal vez un sendero descendería en algún lugar. El árbol me indicaba el norte. «El Norte» pensé.
Adelante… y aquí voy a intentar agilizar la narración. Pues, lo que ocurrió fue que, tras pasar cinco o seis horas deambulando por el desierto, entre las atochas, rumiando las vainas de algarrobo y los higos que una amable higuera tuvo la bondad de regalarme, economizando el agua y sudando como un pollo bajo el ardiente sol; volví a encontrarme bajo el mismo algarrobo, habiendo concluido que la opción Sur siempre hubo sido la más correcta.

Crucé entonces, de nuevo el desierto, atravesando las colinas hacia el Sur esta vez. Me llevó una hora más alcanzar la carretera y otro tanto descender la sinuosa carretera hasta la aldea.
«Los Molinos de Rio Aguas». Por fin había llegado a mi destino.
Continuará…
