Una permacultora había plantado en un terreno abandonado gran cantidad de árboles: encinas, madroños, albaricoques, manzanos, naranjos, morales, higueras, granados, acacias, romeros, vides, espinos… formando un bosque comestible.
Durante mucho tiempo los jóvenes árboles fueron creciendo bajo el amor y cuidados de la dedicada permacultora. Tras varios años de espera, comenzó a recoger los primeros frutos, cuya cantidad fue aumentando a partir de entonces.
Se sentía muy feliz. Pero año tras año se le repetía el mismo problema.
Una de las moreras, afortunadamente colocado sobre una corriente de agua subterránea, había crecido alta, frondosa y salvaje como ningún otro árbol del bosque comestible. Era tan alta y frondosa, que servía de perfecto refugio a multitud de pájaros, sobretodo de estorninos, que ofrecían una preciosa melodía cada mañana.
Las moras de este moral eran las más pequeñas de todas las que daba el bosque, pero a los estorninos les encantaban. En unos pocos días, dejaban al árbol sin moras y… tras esto… bajaban a otros árboles más pequeños a comer otras frutas de verano: picaban el resto de morales, los melocotones, los manzanos, perales, higueras, incluso las uvas de las parras más dulces.
La permacultora decidió ser paciente y confiar en la naturaleza; pero cada año se repetía la misma historia. Además esta gran morera crecía mucho año tras año y cada vez atraía a un mayor número de estorninos, que atacaban al resto de árboles.
Durante muchos años, su paciencia se fue agotando y comenzó a mirar con recelo al gran árbol de moras. «Podría talarlo» pensó. De todos los árboles aquel era el que menos aprovechaba sus frutos y también necesitaba leña para calentar la estufa en el invierno. Pero también le gustaba la melodía de los pájaros al despertar.
Tenía dudas, y su paciencia fue puesta a prueba una mañana, cuando al salir a su bosque, descubrió a todos los estorninos escapando de su cerezo favorito. Se habían comido prácticamente todas las cerezas. Subidos sobre el alto moral, su piar resultó para la pobre como una burla, la gota que colmó el vaso.
«Madre Naturaleza» se dijo, «Lo siento pero ya no aguanto más, me pides demasiada paciencia». Y fue a buscar su hacha.
Con la herramienta en la mano, se dirigió hacia el moral dispuesta a talarlo. «Si quieres salvar a este pobre árbol, tendrás que mandarme una señal» decía mientras quitaba la maleza de la base del tronco. Una puntiaguda espina se le clavó en el dedo gordo del pie. El dolor, junto con la ira que sentía, la llevaron a un punto extremo de exasperación. Pero, mientras se sacaba la espina, apoyada en el tronco del árbol, respiró, reflexionó y se calmó.
«Esta bien, acepto esta señal, pero si los estorninos no se marchan acabaré por talarlo». Y diciendo esto, se alejó un poco y se sentó en la hierba. Contemplaba el gran árbol y le parecía precioso; ciertamente no quería tener que talarlo. Se quedó ahí meditando un rato.
De pronto, todos los estorninos abandonaron el moral, alterando su meditación. Abrió los ojos y vio como una gran nube de pájaros se alejaba en el cielo. La permacultora contemplo con asombro como una pareja de halcones, con los picos cargados de ramitas, se posaban en la rama más alta del moral y comenzaban a construir allí su nido. Se quedó ahí casi todo el día, observando las idas y venidas de las rapaces. Al cabo de unos días, el nido estaba terminado.
La bandada de estorninos ya no regresó.
Si que lo hizo la pareja de halcones, durante muchos años. El canto de los pájaros siguió escuchándose cada mañana, más armonioso que nunca. Los frutales ya nunca volvieron a aparecer devastados por sus picaduras.
GRACIAS A LA PACIENCIA EL EQUILIBRIO SE HABÍA ALCANZADO.









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