La educación de los niños y jóvenes es el valor más importante por el que debe esforzarse una sociedad. Los hijos son nuestro mayor logro. Sus virtudes son las nuestras y en ellos se reflejan nuestros miedos, nuestras habilidades y resolución ante la vida. Ellos son los portadores de nuestra cosmovisión, ética y valores; que traspasarán a la siguiente generación. Han venido a un mundo en constante cambio, con sus maravillas y sus conflictos. La educación apropiada los convertirá en adultos empoderados, capaces, íntegros, fuertes, valientes y sabios; listos para medrar con éxito en el rio de la vida y encaminarse firmemente hacia su propia auto-realización. Cuidando el desarrollo de sus mentes, los docentes tienen la gran responsabilidad de guiarlos hacia su destino, dirigiéndolos por el filo que separa el vicio y la virtud, para que puedan encontrar su propia felicidad.
Lamentablemente en la sociedad actual la educación poco tiene que ver con la formación de un ser completo en todas sus potencialidades y aptitudes. La visión sagrada del entorno, de la comunidad, la familia y las relaciones se torna cada día más sesgada y desestructurada; priman el individualismo, la competitividad y visión de un mundo mecánico, técnico y puramente material, muy alejado de la mágica visión y el amor sin límites que residen en los corazones de los niños; su verdadera naturaleza.
Por suerte van surgiendo experiencias de educación alternativas. Son pocas y se abren paso en los márgenes de un sistema que ve lo alternativo como peligroso y que huye de una formación holística del niño. Los colegios convencionales las integran con recelo, aunque son bien conocidas por muchos profesores, que están limitados por el currículum y su propia formación sesgada. Las escuelas Montesori y Waldorf son ejemplos clásicos, los modelos Reggio Emilia y Kilpatrick son más modernos y la pedagogía 3000 toma lo mejor de cada uno. Pero si existe un modelo educacional que ha dado que hablar en el último siglo, este ha sido sin duda el método de la escuela Summerhill, fundada por A. S. Neill en los años veinte. El libro del que os hablo hoy narra las experiencias de un profesor que vivió durante nueve años en la famosa «escuela no directiva» del sur de Inglaterra, que tantas críticas ha despertado entre periodistas, padres, docentes e interventores.
En la obra «Una infancia el libertad: Autorregulación en la escuela Summerhill» Matthew Appleton nos comparte la vida en esta escuela, que desde 1924 funciona como una comunidad en donde todos sus miembros, tanto tutores como alumnos, conviven y se auto-gestionan en las funciones, normas y currículum de la escuela mediante asambleas horizontales. Posiblemente la escuela más vigilada de Inglaterra (y del mundo), ha logrado mantenerse abierta e independiente gracias al éxito de sus alumnos; que aunque académicamente no varía mucho en el de el resto de escuelas, viene acompañado de un desarrollo ético, emocional, creativo, afectuoso, social y espiritual raras veces alcanzados en otras instituciones.
“Enseñarles a los inspectores el lugar (…) era como llevar a alguien daltónico a dar una vuelta por una galería de arte.”
Tras su paso por el instituto, Matthew había cerrado la puerta a toda relación con la docencia, escupido como a tantos por un sistema educativo incompasivo, en el que muy pocas veces se encauza adecuadamente al joven según sus intereses, intuición o habilidades. Institución hostil, y violenta en muchos casos, en donde el acoso y la humillación son comunes no solo entre alumnos sino muchas veces también desde los mismos profesores. En donde el único reconocimiento se da en forma de notas, como si el niño fuese una guitarra que afinar según tal o cual escala. Alejado de la naturaleza, su visión, intelecto e intereses rara vez son tenidos en cuenta.
“Este lugar de hormigón y cristal, asfalto y alambre para mí no tenía ningún encanto nostálgico (…) Sentía que los años que había pasado allí habían sido un desperdicio, tristes, espantosos y aburridos.”
No fue hasta años más tarde que las circunstancias de la vida le acercaron a la escuela Summerhill. Escapando de la ciudad hacia ambientes más rurales, pasó por varias comunidades contraculturales en las que el tema de la educación libre y Summerhill solía aparecer en la tertulia habitual. Tras leer los libros de Neill y visitar la escuela, acabó por solicitar un puesto como tutor.
“En el viaje de vuelta a Londres me sentí eufórico. Es difícil decir qué era lo que me había impresionado tanto de la escuela. Era algo de la atmósfera del lugar.”
Lo que en Summerhill marca la diferencia con cualquier otra escuela es su carácter democrático. Algo brutalmente rompedor comparado con cualquier otro sistema educativo. Por muy alternativo que éste sea, siempre existe un orden jerárquico que marca el currículum, las normas y estándares; aunque éstos estén muy alejados de los sistemas convencionales. Muchos la han denominado “la escuela sin normas” ¡Nada más lejos de la realidad! Las normas son tantas que es difícil para los tutores recordarlas todas y muchas veces deben ser recordadas por los jóvenes, quienes las conocen bien, pues ellos mismos las han votado. Se celebran dos asambleas semanales: la Asamblea General y el Tribunal. Cuando las normas se trasgreden, es entre todos que se busca solución o sanciona al trasgresor.
“Cuanto más nos concentramos en el síntoma más lo agravamos. (…) La psicología tiene su lugar en el mundo, pero la aceptación y el autogobierno son terapéuticos en sí mismos”.
En esta escuela los delitos no son graves. Incumplir los horarios, algún hurto, pasear por el pueblo llevando un cuchillo de monte… Las sanciones suelen ser más bien significativas, como dejar al infractor sin postre uno o varios días, la devolución de lo robado, el pago de una multa o hacer un servicio a la comunidad. Ante los robos puede crearse un comité de investigación (los propios niños son agudos detectives) y algunas disputas requerirán la figura de un intermediario. Pero no quedará asunto sin resolver, o conflicto sin aclarar, si se es lo bastante asertivo como para exponerlo abiertamente, y en Summerhill la comunicación abierta es la base de la educación. Nombrar a alguien en asamblea no se considera ser un chivato, del mismo modo que ser nombrado y juzgado no te tilda de delincuente para el resto del curso. Una vez el asunto queda zanjado, la vida sigue igual, no hay rencores, ni traumas, por que todos acaban pasando por el Tribunal tarde o temprano, incluidos los tutores.
“En todas las escuelas a las que asistí de pequeño, desde los colegios hasta los institutos, siempre que había una pelea, un numeroso grupo de niños se reunía alrededor pidiendo sangre (…). Nunca he presenciado este fenómeno en Summerhill”.
Los tutores imparten las clases cada uno a su manera, nadie les dice como enseñar. Si un niño comienza a destacar en algún área o disciplina, el mismo buscará el apoyo y los conocimientos necesarios para profundizar en aquello que ha descubierto que lo apasiona. La mayoría del tiempo los niños juegan libres en los espacios comunes, en el bosque construyendo fuertes y casas en los árboles, bañándose en la piscina o cantando, bailando y haciendo música… o besándose. Se dan clases, pero los alumnos no tienen la obligación de asistir.
“Gran parte de lo que se enseña en las escuelas no tiene ningún significado real o interés práctico para los niños, que olvidarán la mayor parte de ello cuando dejen la escuela. Lo que les sirve lo podrían haber aprendido en un mínima parte del tiempo y voluntariamente”.
Como internado, hay dormitorios y cocina comunes. Existe un horario para ir a dormir que no siempre se respeta (los guardianes de cama lo vigilan) y que suele ser motivo de queja en asambleas, sobretodo por parte de los adultos. El menú del comedor es variado, con carne, pescado y siempre una alternativa vegetariana. Si un niño no quiere comer de algo no se le obliga, ellos encuentran instintivamente el equilibrio en sus requerimientos nutricionales, crecen sanos y rara vez enferman. Los niños no están obligados a bañarse a diario, cepillarse los dientes o hacer su cama. Cada niño asume el control sobre su higiene y orden en función de su interés, según la época, la etapa de su desarrollo o la interacción con los demás. Un niño puede pasar meses sin bañarse para, de pronto, comenzar a asearse diariamente. Algunas veces llegan niños conflictivos, que han sido expulsados o que presentan diversos ‘traumas’. Con libertad, espacio, amor y comprensión, cada niño asume su propio proceso terapéutico e impulsado por el dinamismo de una comunidad de niños auntogestionados, es solo cuestión de tiempo que por sí mismo rompa sus bloqueos.
“La primera vez que vine a Summerhill había una ley que decía que todo el mundo tenía que hacer su cama por la mañana. (…) Propuse que esa ley se derogara y así se hizo”.
A diferencia de otros tipos de escuelas no existe una educación religiosa, ni tan siquiera desde una visión espiritual agnóstica, como ocurre en otras corrientes educativas. Se permite que los niños se exploren a sí mismos en total libertad, con sus maldades y bondades, permitiéndoles que se muestren tal cual son. Del mismo modo que roban o insultan, se hacen responsables de sus infracciones o empatizan con las emociones de sus compañeros. El resultado es un niño natural, no perfecto, pero sí perfectamente capacitado para la dureza de la vida real.
“El acorazamiento nos impide vivir plenamente. Nos mantiene pequeños. (…) Los niños rebosan de personalidad hasta que son forzados a contraerse contra ella y resistir contra su propia naturaleza. La mayoría de los adultos nunca se han hecho realmente mayores; su entusiasmo ha sido destruído”.
En esta escuela se permite que los niños y las niñas exploren la sexualidad por su cuenta, sin intromisión por parte de los adultos. Los niños más pequeños juegan y experimentan, entre sí con naturalidad, sin tabúes ni represiones. Pueden contemplarse desnudos en la piscina, jugar a tocarse o imitar a los adultos con la inocencia propia de su edad. Allá donde no hay miedo ni vergüenza no pueden surgir los traumas ni las conductas irrespetuosas.
“Así, cuando la mayoría de los niños de Summerhill llegan a la adolescencia, están mucho mejor preparados emocionalmente para manejar el incremento de excitación sexual y evitar volver a caer en el acorazamiento que si sus vidas emocionales hubieran sido restringidas por las normas de ‘buen’ comportamiento”.
Los adolescentes de esta comunidad han crecido en valores, responsabilidades y fortalezas emocionales. Sobre ellos recae la mayor parte de la correcta dirección de la escuela, pues son muchos los que crecen en ella hasta convertirse en verdaderos adultos, mucho más responsables que los políticos que hoy en día marcan nuestras leyes. Cada semana se celebra algún concierto o baile que los propios niños organizan. Estos se divierten y socializan entre sí, aprendiendo sobre las relaciones con sencillez y apertura, viviendo sus primeros noviazgos con seguridad en sí mismos, en un ambiente de comprensión. Quizá la única norma rígida de la casa es que los chicos y las chicas no pueden irse a dormir juntos en la misma cama.
“Tienen conflictos, tensiones y problemas como cualquiera, pero los manifiestan y resuelven, ya que hay mucha gente disponible con la que se puede hablar”.
El ejemplo de Summerhill es ciertamente inspirador. Posiblemente la propuesta más valiente que se halla mantenido en materia de educación. Y un éxito con más de un siglo de recorrido. Nuestras bendiciones y respetos a Alexander Sutherland Neill, quien tuvo el amor suficiente hacia la humanidad como para confiar plenamente en que existe un ser encaminado hacia la bondad latente en el corazón de cada persona, y que lo único que necesita para expresarse es que, rodeado por otras almas como la suya, se le permita vivir en libertad.
Mientras tanto seguimos observando a los niños de nuestro mundo enjaulados tras muros y rejas. Sometidos a la voluntad de un sistema económico, materialista, estéril, en el que una rancia visión científicamente cuadriculada, rígida e incuestionable doblega su intelecto y creatividad día tras día, año tras año. Presionados por todos los adultos (incluidos sus padres) por los medios, por el mundo laboral y por el propio modelo académico; sufren de depresiones, trastornos de personalidad, ansiedad, insomnio… muchas de las cuales terminan en verdaderos traumas psicológicos que dejarán duras marcas en sus vidas. Incluso, en más ocasiones de las que se reconocen abiertamente, en suicidios.
Si aún no lo has visto, te recomiendo el documental La educación prohibida. Un completísimo reportaje sobre el conglomerado educativo.
Y en el mejor de los casos, terminarán sus estudios con buenas notas, alegres por poder estudiar en la universidad de su elección, en donde serán definitivamente condicionados a aceptar las pautas y modelos de un sistema de producción y consumo. Encajados tras los márgenes de una educación que adoctrina, censura e incapacita; que doblega nuestro espíritu en lugar de enseñarnos quienes somos.
Todos tenemos mucho que decir en materia de educación; pero sobretodo, todos tenemos mucho que callar.
¡Escuchemosles a ellos! ¡Con el corazón abierto! Acompañarles y permitirles crecer en libertad son las pautas más naturales para criarlos en un mundo en el que… nos guste o no… acabarán sufriendo. Pero en el que siempre habrá, para el buscador que ha crecido en valores y aptitudes elevadas, caminos que le lleven más allá del sufrimiento.









Deja un comentario